domingo, 23 de noviembre de 2014

La llave

Cerró los ojos mientras la tibia brisa marina acariciaba su rostro y se enredaba en su pelo. Adoraba esa sensación de paz que aquella playa desierta despertaba en su alma. Era un lugar fuera del mundo, separado de él por grandes acantilados de roca gris, ribeteada con las salpicaduras verdes del insistente musgo. Una espesa y salvaje vegetación se extendía casi hasta la orilla, confiriendo un abrazo protector, ocultando la playa a los ojos ignorantes de su existencia.
El agua cristalina se curvaba en perfectas olas que corrían apresuradas al encuentro de las rocas, escupiendo al cielo borbotones de nívea espuma salada.
Descubrió aquel paradisíaco oasis de calma hacía ya unos años, y acudía todos los días desde entonces, tratando de encontrarse a sí misma. Allí su mente vagaba libre, volaba y se formulaba infinidad de cuestiones para las que después buscaba respuesta, aunque pocas veces la hallaba. Se preguntaba por su importancia en el mundo, su cometido. Por qué era quien era. Por qué, de entre tantos miles, millones de posibilidades, era ella quien caminaba por la vida y no otra persona, una que, debido a ella, no existía. Asimismo, se preguntaba por muchas otras cosas todas de carácter íntegramente trascendental. 
Pasaba noches enteras con la mirada perdida entre las constelaciones, maravillada por la infinitud del vasto universo, plagado de misterios indescifrables.
Sin embargo, una noche sus pensamientos no tomaron un rumbo tan escabroso e intrincado. Esa noche tenía la respuesta universal a todas sus preguntas, al menos a las que importaban realmente. 
Sus carnosos labios se curvaron en una dulce sonrisa cuando recordó a aquel hombre, el hombre que rellenaba el vacío que la incertidumbre le había creado en el corazón a lo largo del tiempo. Sin apenas percatarse, ya no necesitaba saber por qué el mundo era tan inmenso, o cuál era su sino. 
Estaba realmente segura de que estaba irrevocablemente unida a una persona, y eso disipaba el desasosiego que la acosaba tan a menudo. Su razón de ser había acudido a ella de la forma más inesperada. Amar y ser amada. Dar desinteresadamente todo cuanto tenía, todo cuanto era. Ya no necesitaba saber qué sería lo que le esperaba tras la muerte, ni entender todos los enigmas del universo. Había despejado la única incógnita que necesitaba para ser feliz. Lo que realmente era importante era su paso por la vida, su camino hasta el final, fuese cual fuese este, los pasos que diera de ahora en adelante, disfrutando de cada uno de ellos, especialmente si a su lado caminaba su apoyo, él, su razón de ser. Nunca creyó en lo de las medias naranjas, le parecía algo absurdo. Nadie podía completarte -decía- no necesitabas de nadie para ser quien realmente eras. Y seguía sin creerlo, pero se dio cuenta de que, a pesar de estar completa desde un principio, él le había mostrado partes de sí misma que desconocía, le hizo conocerse a sí misma en ámbitos que ni siquiera había llegado a plantearse jamás. Olvidarse por completo del futuro, del destino, consiguió lo que tanto tiempo llevaba buscando: calmar su alma y sentirse cómoda dentro de sí misma. 
Le asombraba la facilidad con la que ahora era capaz de desnudar su alma ante él, después de tantos años evitando el contacto humano siempre que podía. Si no estaba en calma consigo misma ¿cómo iba a soportar la presencia de otras personas? Y sin embargo, en ellas estaba la respuesta que tanto tiempo buscó, y que ahora, por fin, había encontrado.
Todo cobró sentido.
Y aquella noche, cuando sus pupilas reflejaban el cielo estrellado, como tantas otras veces, las hebras de sus pensamientos no formularon ninguna pregunta. Formaron una hermosa y perfecta respuesta.
<< El amor es el motor del  universo>>.
Las estrellas le sonrieron con sosiego, pues su constante compañera había hallado la llave de su felicidad. 

-H.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Nube

Miraba a través de la ventana con aire soñador. 
Observaba cómo resbalaban las gotas de lluvia sobre la superficie del cristal, echando carreras unas con otras, empujadas por el viento y la gravedad. Observaba las estelas que estas pequeñas gotas dejaban a su paso, y las seguía con el dedo, pero sin poder tocarlas.
Quería saber lo que era sentir la humedad abrazándole el cuerpo, la lluvia cayéndole encima. Deseaba saber cómo olía el asfalto mojado, el aire mojado, la ciudad mojada. 
Cada vez que llovía, se acercaba a la ventana y no se movía hasta que cesaba el temporal. Ardía en deseos de saltar en los charcos de las calles y de que el agua empapase su ropa y chorrease por su pelo. 
Su corazón anhelaba todo aquello que posee cualquier niño sin ser consciente de ello. Cualquier niño a excepción de ella. 
Ella no podía disfrutar de una tarde soleada en el parque, solo podía tumbarse en la alfombra en la franja de Sol que se colaba entre las cortinas y cerrar los ojos, imaginando que era hierba lo que se extendía bajo su espalda. Tampoco sabía lo que era tener un frío invernal, como para tener que llevar esos gorros de lana que tanto le gustaban, o envolverse entre bufandas. 
Pero lo que más le dolía era ser espectadora de los días de lluvia. Esos días eran sus favoritos: el cielo tenía una luminosidad constante y mortecina que la embelesaba. Las nubes de un gris ceniza, lloraban infinitas lágrimas, no de tristeza, aseguraba ella, sino de alegría. Alegría porque el mundo seguía siendo mundo, porque los días se sucedían como siempre lo habían hecho, y porque veían lugares hermosos, arrastradas por el viento a lo ancho del globo. Lugares que ella solo podía intentar imaginar. También lloraría si llegase a presenciarlos, se decía. La naturaleza es bella en todas sus formas, y aquellas nubes habían visto más de la que nadie podría contemplar en una vida.  
La rabia se apoderaba de ella en algunas ocasiones, ocasiones como aquella. Pero por vez primera, en sus ojos oscuros se incrustó una gran determinación, que guió sus pasos hasta la puerta de entrada. 
Estiró la mano hacia el pomo, dubitativa. Sabía que si salía, no volvería jamás. Pero despejó cualquier atisbo de duda y abrió con firmeza.
La acera se le antojó dura bajo las plantas de sus pies desnudos, acostumbrada a los suelos enmoquetados, pero era una sensación agradable. Extraña, pero agradable. Y húmeda. 
Saltó de charco en charco sin preocuparse del frío. Todo era tal y como ella había imaginado que sería.
Miró al cielo, agradeciendo el tacto de las gotas de lluvia en el rostro y, por fin, tuvo la oportunidad de ser una niña. 
Desde lo alto, las enormes nubes ceniza apreciaron ese ansia de vivir, de conocer el mundo, de ver todo lo que este tenía que ofrecer. Sintieron todas las emociones de la niña con una intensidad más grande que ellas mismas.
Y bajaron a observarla, la rodearon y, en aras de concederle su deseo, la transformaron en minúsculas gotas de agua, en nube.
Y Nube viajó. Vio montes y montañas, bosques, praderas, desiertos, océanos, infinidad de ciudades...
Y  lloró, y fue río, fue mar, fue lluvia, fue niebla, fue más nube.
Abarcó el mundo entero.




H.-

viernes, 23 de mayo de 2014

néctar de la felicidad más absoluta

No sabía cómo, pero poco a poco el centro de su vida había pasado de ser ella misma a ser él. Solo él y nadie más. Por supuesto que seguía queriendo al resto de las personas a las que antes quería, pero ahora había descubierto una nueva forma de querer, una nueva forma de amar, nuevo para ella, desconocido y aterrador. Pero salvaje, hermoso y emocionante. 
Y ahora que ha probado el néctar de la felicidad más absoluta y satisfactoria, es incapaz de volver a vivir como antes, no podría ver las cosas del mismo modo. Sin él, se sentiría vacía, perdida, inútil. 
Cuando tiene que salir de entre sus brazos, cada paso en la dirección opuesta es un martirio, como cientos de agujas punzantes clavándose en su corazón, con el único alivio de que volvería a verlo pronto, volvería a beber de sus labios y a perderse en sus caricias.
Volvería a enterrar  la cabeza en su cuello y aspiraría el aroma que la volvía loca, el aroma de una vida juntos.
No teme  a nada ni a nadie si él la agarra de la mano, si él da cada uno de sus pasos junto a los de ella, recorriendo juntos un camino del que no se observa el final. Un camino en el que pueden aparecer piedras, en el que pueden tropezar y tropezarán, más de una vez y más de dos, pero ambos sabiendo que si caen, siempre habrá alguien que los levante. 
Siempre habrá unos ojos cálidos en los que refugiarse en días grises y tormentosos.
Ella es consciente de que daría su vida por él sin pensarlo un instante siquiera, sin el menor atisbo de vacilación. Lo sabe desde ese día en el que el resto del mundo desapareció, ese día en el que parecía que lo único real era la persona que estaba frente a ella, sonrindole, sin saber que solo con ese gesto tan simple y banal, estaba haciendo de ella la persona más feliz sobre la faz de la Tierra.
En su fuero interno, está convencida de que tenía que conocerle, debía de estar escrito en las constelaciones, porque estar cerca de él era tan natural como la vida misma, tan necesario como el respirar, tan imprescindible como que le Sol salga cada mañana para comenzar un nuevo día. 
Porque puede que haya muchos "nuevos días", pero ella se levantará cada uno de ellos junto a la misma persona: ÉL.


lunes, 19 de mayo de 2014

se reía de mí en cuarto creciente

Temo estar solo, porque es en esos momentos en los que únicamente me tengo a mí mismo. Ninguna distracción que pueda alejarme de mi "yo".
Ese yo oscuro que últimamente ha estado relegado a un recóndito recodo de mi interior,  prisionero de mis compañías, rumiando su momentánea derrota y urdiendo su sádica venganza. Esperando la hora para dar el golpe que lo haría retornar de las tinieblas del olvido para hacerse de nuevo con mi vida y mi cordura.
Mi yo, retorcido y macabro, ha visto el momento, su oportunidad de resurgir de mis cenizas, cuando el Sol se ocultaba tras la dorada línea del horizonte, cuando yo menos lo esperaba, cuando más vulnerable era. Cuando estaba solo.
Como un siniestro fantasma resucitado de entre los muertos, se ha aferrado a mi pecho con mugrientos dedos putrefactos, quebrando mis huesos y mis ganas de vivir.
Se ha metido en mis venas y, a contracorriente, ha llegado a cada una de las neuronas de mi cerebro, tocando, pulsando los lugares exactos, los pensamientos idóneos para que un manto de lacerante incertidumbre se cerniese sobre mí, degradándome, rompiéndome poco a poco, dolorosamente, de la forma que él más disfruta, deleitándose en mi agonía.
Me ahogaba en un mar de desdicha, olas de miseria rompiéndome en la cara. Mi mera existencia me hacía sentir lástima de mí mismo, nada parecía tener sentido alguno. Sentía como si un velo de inocencia se hubiera descorrido ante mis ojos, haciéndome ver la crueldad del mundo y mi insignificancia ante todo aquello que me importaba. 
Me regodeaba en mi propia decepción, incapaz de levantar cabeza, sin nadie que pudiera ayudarme a hacerlo, en la soledad de la apática noche indiferente, que se reía de mi en cuarto creciente.
Entonces, cuando su mano ya no era necesaria para manejar los hilos de mi sufrimiento, cuando este fluía por sí solo, incontrolable como una animal salvaje,mi "yo" ha desaparecido, como el humo, volviendo a su rincón en algún lugar dentro de mí.
Temo estar solo. Porque la bestia está agazapada, esperando de nuevo. Temo que vuelva sin previo aviso, como cada vez que lo hace.
Porque, a pesar de ser yo, no lo conozco en absoluto, y eso es lo que más me aterroriza.


-H.

martes, 6 de mayo de 2014

No prometía la luna, ni el Sol, tampoco las estrellas. Solo prometía cosas que podía cumplir. Un mañana llena de caricias y todo su esfuerzo por hacerla feliz. Tal vez eso fue lo que hizo que ella se embarcara en aquella aventura, por fin alguien sincero que no ofrecía más de lo que podía dar, más de lo que tenía. Simplemente una vida con alguien que daría la suya por ella. 

viernes, 18 de abril de 2014

contigo, feliz

Te amo.
Con cada ápice de mi ser, con cada aliento que expiro.
Con tus manías y con las mías, con tu filosofía de vida, que descarrila el tren de la monotonía que es mi vida, todo rutina. 
Te amo con tu manera de sentir, por cómo me haces sentir a mí. Porque me haces sentir, más que cualquier otro ser sobre la faz de la Tierra.
Te amo cada instante del día, que te pienso sin pensarlo, tanto que hasta dormida te quiero.
Me pierde la suavidad de tu piel contra mis dedos, la forma de tu espalda y cómo tus sonrisas se reflejan en tus ojos. Tus ganas de vivir y tu alegría innata inherente a ti, tu constante buen humor.
Te quiero en nuestras discusiones y te quiero cuando finges que me odias. Pero sobre todo cuando me susurras al oído que me quieres, tan bajito que solo yo lo puedo oír, nuestro secreto.
Te quiero cuando me hablas canciones, como esa que dice que los mejores abrazos son los que se dan por nada.
Me sorprendo a mí misma, siendo lo más feliz que se puede ser, descubriendo partes de mi que ignoraba, conociéndome, conociéndote, conociéndonos.
Te quiero más de lo que he querido a nadie hasta ahora, tanto que me da miedo, miedo que, sin saberlo, disipas haciéndome reír hasta que me duele la tripa.
No sé qué sucederá mañana, yo solo vivo el momento, el ahora, tú. Quiero que todos mis "hoy" sean diferentes, pero todos como ayer: contigo, feliz.
Y si esto algún día termina, siempre vas a formar parte de mi historia, por lo mucho que me has querido, por lo que hemos vivido, pero por encima de todo, porque has sido tú quien me ha enseñado a querer. Y eso no son palabras que se lleva el viento, aunque solo yo puedo saberlo.
Te quiero, y siempre voy a hacerlo, por todo lo que somos, por lo que hemos sido, y por lo que nos queda por ser.

H-

sábado, 5 de abril de 2014

Puede que vuelva con la siguiente estación.

Sus redondos ojos negros me miraban fijamente. El destello blanco que brillaba en sus pupilas, la inteligencia, atrapaba mis sentidos. Y cada atardecer, cuando la luz anaranjada se reflejaba en sus iris, la belleza contenida me dejaba sin aliento.
A mi mente acuden todas esas noches de caricias, suaves, como si sus dedos fueran plumas. Preciosas plumas verdes que recorrían mi espalda, haciendo que mi cuerpo temblara de placer.
Y sus besos...sus besos me hacían volar, ligeros como una exhalación pero apasionados.
Me tenía, me tenía y era plenamente consciente de ello.
Y yo la tenía a ella. Era mía, su cuerpo era mío, sus risas eran mías, también sus manías y sus gestos.
Todo era mío a excepción de su alma. Nunca me lo dijo, pero yo lo sabía. Lo sabía cuando miraba al cielo con aire soñador.
Y un día echó a volar, cada vez más alto, cada vez más lejos. Con un último <<te quiero>> pintado en los labios dejó que el viento la llevase sin rumbo a un destino desconocido.
Me quiso, puede que aún me quiera. Pero ahora entiendo, o al menos trato de hacerlo, que nunca fue de nadie más que suya. Que no se la puede enjaular. Salvaje y libre.
Aún hoy miro al horizonte, con la vana esperanza de verla regresar con el verano, batiendo las alas, volviendo para enterrarse de nuevo entre mis brazos hasta que su cuerpo le pidiese volver a remontar el vuelo.
Y sé que volverá, porque me quiso, porque la quiero.


H-

SOMOS FRÁGILES

Somos frágiles.
La vida puede con nosotros. Solo nos da unos pocos años, nos confiamos, nos creemos invencibles. Pero no lo somos, y ella lo sabe, eso es lo que quiere. Que vivamos, que amemos. Y es entonces cuando decide que hemos vivido suficiente, es entonces cuando arranca de raíz nuestra esencia del mundo, cuando nos reduce a sombras, cenizas y hojas secas. Dejando nada más que recuerdos en aquellos que aún nos quedamos aquí. Trozos salados de alma repartidos entre las lágrimas que humedecen los ojos de los que nos ven marchar, los que tienen que seguir adelante con el corazón sangrante y una herida que nunca sana. 
Realmente no somos nada. Nada más que un suspiro que se escapa entre sus labios.
La vida disfruta viéndonos sufrir, aferrándonos a ella, tratando de no caer al vacío del que nada sabemos, ese del que nadie vuelve, ese al que todos vamos tarde o temprano. No importan nuestros esfuerzos por resistir, da igual que lloremos ríos enteros o amemos con la intensidad de un titán, ella, impasible, acaba con nosotros.
Porque somos débiles. 
Porque somos frágiles. 


H-

miércoles, 26 de febrero de 2014

ella era una historia

Vivía a base de historias.
Escuchaba atentamente los relatos de la gente que la rodeaba, se enriquecía conociendo pequeños detalles que hacían de las personas que más le importaban quienes eran. Vivía sus historias como si fueran las suyas propias, sentía su tristeza, su alegría, su pasión.
Escuchaba, siempre escuchaba, atenta a cada pormenor, envolviéndose de las emociones ajenas. 
Ellos no lo sabían, pero sus gestos, un simple levantamiento de ceja, una pequeña sonrisa imperceptible, una mirada soñadora perdida en el pasado, hacía que ella los conociera mejor, poco a poco. 
Vivía a base de historias que conformaban la suya propia, porque sabía que todas ellas eran parte de su propia existencia, unas más, otras menos. Pero esas palabras que se le confiaban no se las llevaba el viento, como dicen, sino que pasaban a formar parte de una persona, de ella misma.
Nadie que haya pasado por su vida y le haya contado una historia desaparecerá jamás, no hasta que no lo haga ella. Quedarán siempre anclados a su existencia, al recuerdo que tiene de ellos. 
La muerte puede con la vida, pero no con los recuerdos, no con los fragmentos que ella guarda en su memoria. Pueden quedar reducidos a polvo, pero ella no dejará que se marchen, el legado de lo que un día fueron perdurará tanto como ella.
A pesar de no haber llevado una vida digna de contar, a pesar de no haber tenido tantas experiencias como le habría gustado, sabía que su existencia era plena por el mero hecho de que no estaba hecha de sus vivencias solamente, estaba hecha de pinceladas de emociones, de colores, retazos de la gente a la que quería, de gente por la que moriría una mil veces, y por ello era feliz. Por ello guardaba las palabras pronunciadas como el mayor de los tesoros, porque realmente lo eran. Pequeños tesoros que nadie más apreciaba, lo que los hacía aún más valiosos.
Ella era una historia, la historia de muchos.


.H-

jueves, 20 de febrero de 2014

solo el sol fue capaz de seguir sus pasos

Llevaba días caminando con los pies desnudos bajo el sol abrasador. A su alrededor se extendía un inmenso desierto que parecía no tener fin. Pero no tenía miedo, estaba hecha de fuego, ígnea toda ella. El padre astro no era capaz de quemarla con sus llamas y la arena candente no causaba más dolor que una caricia sobre su piel. Aquel desolado lugar era su hogar. Lo único que destacaba en ese árido paisaje eran sus ojos aguamarina, que escrutaban cada duna en busca de una señal. Algo que le indicara la dirección que tenía que tomar. Solo ella sabía leer las señales que el desierto le enviaba, solo ella podía apreciar las más leves variaciones que tan ínfimas, eran apenas imperceptibles, pero no para sus sentidos.
Estaba hecha para aquel lugar. Nadie sabe quién era ella, ni de dónde había salido. Las lenguas inquietas afirmaban que la muchacha siempre joven había sido moldeada con la propia arena del desierto, tan fina como el polvo y escurridiza como  el agua, y el mismísimo viento le había insuflado vida, marcándola con azules iris.
Pero realmente su origen será una incógnita.
Sus pasos eran firmes, certeros. Nunca dudaba, no titubeaba jamás, ni siquiera en aquel momento de espera. Continuó oteando y la señal apareció, como ella sabía que ocurriría. La confirmación de su instinto curvó sus agrietados labios en una sonrisa torcida, pagada de sí misma. Se encaminó con decisión y solo el Sol fue capaz de seguir sus pasos.

miércoles, 19 de febrero de 2014

el niño de las botas

Era fácil vivir como él. Su vida era sencilla y no estaba acosado por preocupaciones demasiado acuciantes o importantes, nada que le impidiese dormir de un tirón. Paseaba por las calles de la ciudad despreocupadamente, inmerso por completo en su mundo exento de todo aquello que pudiera hacerle daño. Le gustaba oír el sonido que sus botas producían al caminar, "toc, toc, toc, toc". Esas botas eran su símbolo, lo que lo diferenciaban de todos los demás. La gente no conocía su nombre, solo era el niño de las botas. Se sentía importante, orgulloso de llevarlas como estampa, su estandarte. Muchos lo saludaban, se paraban a hablar con él, incluso pasaban la tarde con él si se lo encontraban. 
El niño de las botas nunca pensaba en el mañana, el hoy era su prioridad. Con quien pasar el tiempo ese día. Nunca miraba más allá, todo era más fácil de esa manera. Sin nada que lo alterase demasiado, nada ni nadie. Disfrutaba mostrando sus botas a sus amigos cuando les sacaba brillo. 
Y sin darse cuenta, todo lo que él conocía terminó por girar en torno a las botas que llevaba anudadas a conciencia. Solo las botas, nada más. Pero no llegó a percatarse de ello, pues incluso él estaba hechizado con su encanto.
Un día, como otro cualquiera, caminaba con paso firme. "toc, toc, toc, toc". La noche anterior había llovido copiosamente, empapando cada surco de cada baldosa de la calle. El niño no prestaba atención, absorto de nuevo en la perfección de su vida modesta, y hundió el pie hasta el tobillo en un profundo charco. 
Volvió de las nubes sin dar crédito a lo que veía. Sacó el pie rápidamente, pero ya era tarde. Nada podía hacer por salvar la bota. Empapada perdía todo su lustre, toda su esencia. Estaba hecha un asco y era irrecuperable. Resignado prosiguió su camino y se percató de algo: en todo el trayecto nadie se había parado a saludarle. Absolutamente nadie. Le pareció extraño pero, como siempre, decidió no preocuparse y seguir caminando. Esta vez el sonido no era tan elegante. Con cada paso que daba se escuchaba el chapoteo del pie dentro de la encharcada y estropeada bota. 
Cuando llegó a su destino, ninguno de sus amigos se acercó a él como acostumbraban. Lo miraron con ojos desorbitados, paseando la mirada desde la bota hasta su rostro repetidas veces. 
Cuando parecieron asumir los hechos, todos y cada uno de ellos inventaron una excusa inverosímil y fueron desapareciendo de allí uno a uno, sin despedirse.
Los días de después no recibió ninguna llamada, nadie quería estar con él, nadie quería hablar con él. 
Siempre había sido el niño de las botas, nunca se había fabricado otro nombre, ni se había molestado en intentarlo, pues él era imposible de confundir con ningún otro. Pero en ese momento, cuando ya no tenía botas, se dio cuenta de que tampoco tenía nombre.
Y fue entonces cuando la vida le enseñó la primera y más valiosa de las lecciones: la fama es efímera, es la gente que te acompaña quien te hace duradero.



.H-


miércoles, 15 de enero de 2014

uno

Va de fantasías y poemas,
de colores y de risas.
Va de besos robados en un portal, fugaces miradas pasajeras, caricias inadvertidas.
Va de inocencia, de susurros al oído, de palabras que el viento se lleva, pero la memoria retiene en el tiempo.
De confidencias, y confesiones inconfesables, de secretos.
Silencios que no son incómodos, silencios que lo dicen todo sin decir nada.
Va de sueños imposibles y promesas ,
de breves momentos únicos e irrepetibles, de alegrías compartidas.
Deseos infinitos en la finitud de la existencia, breve pero intensa.
Va de rayos de Sol sobre pieles húmedas, de arena y de cal, 
de batallas, de huracanes, de calma tras la tormenta, de tus ojos reflejados en los míos.
Caminos que esperan ser recorridos, caminos que ya lo han sido, 
huellas es en camino de la vida, huellas que marcan, huellas que se olvidan. 
Va de versos cantados a voz en grito, gritos de agonía de alegría, gritos que solo escucha el vacío o gritos que escucha el mundo entero.
Almas etéreas que colapsan.
Dos que son solo una.