Nada en el mundo podría hacerme apartar la vista de ti, ahora que soy tuya, ahora que eres mío, como nunca nadie lo ha sido, como nunca nadie lo será. Los minutos pasan, pero apenas si soy consciente de ello. Nada puede importarme más allá de nosotros. Por fin, ese maldito vacío que me atenazaba el pecho constantemente, ha desaparecido, lo has llenado con tu luz y sé que ya puedo respirar tranquila. Que no me romperé en mil pedazos porque estás tú, para sujetarme, no me dejas caer.
Una cálida luz baña mi rostro. Tras mis párpados, formas de colores danzan sin ton ni son. Al abrir los ojos me doy cuenta de que esa luz es el Sol, que se filtra por mi ventana, dándome los buenos días. Aún no me desperezo, sigo tumbada sobre la cama, mi pelo cubriendo la almohada simulando una cascada cobriza. La sonrisa aún sigue en mis labios y estiro el brazo para tocarte, a mi lado, pero el colchón frío acusa tu ausencia, me grita que no fue más que un sueño, un sueño tan real que parece ser cierto, pero no lo es. De nuevo esa presión en el pecho. De nuevo me resquebrajo, sabiendo que con cualquier movimiento podría romperme, como aquella vez. Y tú, tú, tú eres el culpable, ambos lo sabemos, pero lo que solo yo sé, es que también tú eres el único capaz de mantenerme viva. Pero ya no estás. Hace tiempo que no estás. Alguna noche visitas mis sueños, dulce consuelo del subconsciente.
Me arrebujo entre las sábanas, cada vez más frías, cada vez más grises. Y pienso.
Podrías volver. Es posible que algún día vuelvas. ¿Te estaré esperando? No sé si llegaré cuerda a ese momento o si la añoranza habrá conseguido abandonarme. A quién quiero engañar. Seguiré en el mismo monótono letargo en el que estoy sumida desde hace años. Y si volvieras dejaría de ser un maniquí, una marioneta movida por las cuerdas de la vida. Sería yo de nuevo, sería yo riendo, soñando, volando, sería yo, sin duda. Y rezo, si es que hay alguien que me escuche, para que ese momento llegue algún día. Que no sea solo una vana esperanza de mi desesperada imaginación.
-H.