viernes, 23 de mayo de 2014

néctar de la felicidad más absoluta

No sabía cómo, pero poco a poco el centro de su vida había pasado de ser ella misma a ser él. Solo él y nadie más. Por supuesto que seguía queriendo al resto de las personas a las que antes quería, pero ahora había descubierto una nueva forma de querer, una nueva forma de amar, nuevo para ella, desconocido y aterrador. Pero salvaje, hermoso y emocionante. 
Y ahora que ha probado el néctar de la felicidad más absoluta y satisfactoria, es incapaz de volver a vivir como antes, no podría ver las cosas del mismo modo. Sin él, se sentiría vacía, perdida, inútil. 
Cuando tiene que salir de entre sus brazos, cada paso en la dirección opuesta es un martirio, como cientos de agujas punzantes clavándose en su corazón, con el único alivio de que volvería a verlo pronto, volvería a beber de sus labios y a perderse en sus caricias.
Volvería a enterrar  la cabeza en su cuello y aspiraría el aroma que la volvía loca, el aroma de una vida juntos.
No teme  a nada ni a nadie si él la agarra de la mano, si él da cada uno de sus pasos junto a los de ella, recorriendo juntos un camino del que no se observa el final. Un camino en el que pueden aparecer piedras, en el que pueden tropezar y tropezarán, más de una vez y más de dos, pero ambos sabiendo que si caen, siempre habrá alguien que los levante. 
Siempre habrá unos ojos cálidos en los que refugiarse en días grises y tormentosos.
Ella es consciente de que daría su vida por él sin pensarlo un instante siquiera, sin el menor atisbo de vacilación. Lo sabe desde ese día en el que el resto del mundo desapareció, ese día en el que parecía que lo único real era la persona que estaba frente a ella, sonrindole, sin saber que solo con ese gesto tan simple y banal, estaba haciendo de ella la persona más feliz sobre la faz de la Tierra.
En su fuero interno, está convencida de que tenía que conocerle, debía de estar escrito en las constelaciones, porque estar cerca de él era tan natural como la vida misma, tan necesario como el respirar, tan imprescindible como que le Sol salga cada mañana para comenzar un nuevo día. 
Porque puede que haya muchos "nuevos días", pero ella se levantará cada uno de ellos junto a la misma persona: ÉL.


lunes, 19 de mayo de 2014

se reía de mí en cuarto creciente

Temo estar solo, porque es en esos momentos en los que únicamente me tengo a mí mismo. Ninguna distracción que pueda alejarme de mi "yo".
Ese yo oscuro que últimamente ha estado relegado a un recóndito recodo de mi interior,  prisionero de mis compañías, rumiando su momentánea derrota y urdiendo su sádica venganza. Esperando la hora para dar el golpe que lo haría retornar de las tinieblas del olvido para hacerse de nuevo con mi vida y mi cordura.
Mi yo, retorcido y macabro, ha visto el momento, su oportunidad de resurgir de mis cenizas, cuando el Sol se ocultaba tras la dorada línea del horizonte, cuando yo menos lo esperaba, cuando más vulnerable era. Cuando estaba solo.
Como un siniestro fantasma resucitado de entre los muertos, se ha aferrado a mi pecho con mugrientos dedos putrefactos, quebrando mis huesos y mis ganas de vivir.
Se ha metido en mis venas y, a contracorriente, ha llegado a cada una de las neuronas de mi cerebro, tocando, pulsando los lugares exactos, los pensamientos idóneos para que un manto de lacerante incertidumbre se cerniese sobre mí, degradándome, rompiéndome poco a poco, dolorosamente, de la forma que él más disfruta, deleitándose en mi agonía.
Me ahogaba en un mar de desdicha, olas de miseria rompiéndome en la cara. Mi mera existencia me hacía sentir lástima de mí mismo, nada parecía tener sentido alguno. Sentía como si un velo de inocencia se hubiera descorrido ante mis ojos, haciéndome ver la crueldad del mundo y mi insignificancia ante todo aquello que me importaba. 
Me regodeaba en mi propia decepción, incapaz de levantar cabeza, sin nadie que pudiera ayudarme a hacerlo, en la soledad de la apática noche indiferente, que se reía de mi en cuarto creciente.
Entonces, cuando su mano ya no era necesaria para manejar los hilos de mi sufrimiento, cuando este fluía por sí solo, incontrolable como una animal salvaje,mi "yo" ha desaparecido, como el humo, volviendo a su rincón en algún lugar dentro de mí.
Temo estar solo. Porque la bestia está agazapada, esperando de nuevo. Temo que vuelva sin previo aviso, como cada vez que lo hace.
Porque, a pesar de ser yo, no lo conozco en absoluto, y eso es lo que más me aterroriza.


-H.

martes, 6 de mayo de 2014

No prometía la luna, ni el Sol, tampoco las estrellas. Solo prometía cosas que podía cumplir. Un mañana llena de caricias y todo su esfuerzo por hacerla feliz. Tal vez eso fue lo que hizo que ella se embarcara en aquella aventura, por fin alguien sincero que no ofrecía más de lo que podía dar, más de lo que tenía. Simplemente una vida con alguien que daría la suya por ella.