sábado, 5 de abril de 2014

Puede que vuelva con la siguiente estación.

Sus redondos ojos negros me miraban fijamente. El destello blanco que brillaba en sus pupilas, la inteligencia, atrapaba mis sentidos. Y cada atardecer, cuando la luz anaranjada se reflejaba en sus iris, la belleza contenida me dejaba sin aliento.
A mi mente acuden todas esas noches de caricias, suaves, como si sus dedos fueran plumas. Preciosas plumas verdes que recorrían mi espalda, haciendo que mi cuerpo temblara de placer.
Y sus besos...sus besos me hacían volar, ligeros como una exhalación pero apasionados.
Me tenía, me tenía y era plenamente consciente de ello.
Y yo la tenía a ella. Era mía, su cuerpo era mío, sus risas eran mías, también sus manías y sus gestos.
Todo era mío a excepción de su alma. Nunca me lo dijo, pero yo lo sabía. Lo sabía cuando miraba al cielo con aire soñador.
Y un día echó a volar, cada vez más alto, cada vez más lejos. Con un último <<te quiero>> pintado en los labios dejó que el viento la llevase sin rumbo a un destino desconocido.
Me quiso, puede que aún me quiera. Pero ahora entiendo, o al menos trato de hacerlo, que nunca fue de nadie más que suya. Que no se la puede enjaular. Salvaje y libre.
Aún hoy miro al horizonte, con la vana esperanza de verla regresar con el verano, batiendo las alas, volviendo para enterrarse de nuevo entre mis brazos hasta que su cuerpo le pidiese volver a remontar el vuelo.
Y sé que volverá, porque me quiso, porque la quiero.


H-

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