Quiero dejar de vagar por este páramo marchito y gris. Cada fibra de mi nimio ser desea que mi alma y mi cuerpo se deshagan en mil pedazos y se conviertan en viento.
Este lugar de desesperación ya no está hecho para mí, o yo ya no estoy hecha para él. Solo quedan cenizas de una mente torturada, retazos de un ente que es pero que no existe, un cuerpo vacío, hueco.
No siento el frío ni el calor, tampoco dolor. No siento nada.
Solo quiero desaparecer, junto con esa otra parte de mí que hace tiempo se marchó, como si nunca hubiera estado, dejando un corazón muerto y una mirada perdida.
Las correas son lo único que me atan a la vida, al suplicio, a mi condena. El duro colchón bajo mi espalda es eterno recordatorio de la prisión en la que me encierran.
Creen que estoy loca, puede que sea cierto. Puede que el sufrimiento haya terminado por resquebrajar la poca cordura que me quedaba. Tampoco importa ya.
No necesito compasión, no la quiero. Lo que ansío es libertad para poder volar lejos de aquí, para cerrar los ojos y no volver a abrirlos, no volver a respirar este aire viciado y sucio, plagado de mentiras y cinismo.
Pero los que creen ser mis salvadores no son más que sombras que arrojan puñados de tierra sobre mi tumba en vida.
Necesito huir, desesperadamente. Ya no es suficiente imaginarme libre. Me quedo sin aire, pero no muero, me ahogo pero sigo respirando. Quiero gritar pero no tengo voz para hacerlo.
No sé cuánto tiempo estaré así. Tal vez alguien me comprenda y me deje marchar, eso es lo que espero. O tal vez no es más que una esperanza sin sentido que juega con el poco entendimiento que me queda. Tal vez cumpliré condena hasta que los días del mundo se apaguen. No lo sé, no sé nada.
Solo sé que quiero morir.
-H.