Pocos poetas han sobrevivido al paso del tiempo y se hallan ocultos a los ojos de la sociedad en el fondo de almas puras, condenados a vivir sometidas a la cruel indiferencia. Ya no alegran la primavera con sus versos, ya no calientan el cuerpo en los fríos meses invernales con sus rimas melodiosas.
Ahora su ausencia deja un velo de insignificancia sobre todos los detalles, insulsos.
Porque la vida, sin el arte de los poetas, no es vida, sin sus filigranas verbales, sin su manera de enamorar, de hacer de cada trivialidad un mundo, la gris monotonía domina los días desde el alba hasta el crepúsculo y la desvaída rutina se afana por conquistar cada ápice de nuestra predecible existencia.
Antaño el simple arrullo que produce una hoja al caer de una rama en otoño daba lugar a las más hermosas obras de arte, combinaciones de palabras inmortalizadas con tinta, o efímeras y breves, susurradas por unos labios virtuosos. Sacaban la hermosura de las nimiedades más absolutas, envolviendo todos los puntos de vista con un brillante halo de emoción.
Mas ahora no queda de ellos más que retazos de lo que un día fueron, recuerdos relegados al despiadado olvido.
Y estas almas puras tras las que se esconden los poetas, sangran impotentes ante el curso de la vida. El ser humano decidió reprimir la poesía del día a día y reducirla a polvo, haciéndola desaparecer, aunque aún, entre sábanas blancas, pieles suaves y reflejos de sol, entre fragancias exquisitas y las tapas duras de un volumen que encierra una historia, se ocultan las reflexiones y pensamientos de los poetas aún vivos, de los poetas que van de incógnito tras máscaras de apatía. Sin embargo, nunca serán como el resto, los delatará su mirada, que ve más allá que cualquier otra, sus ojos cual relucientes faros en medio de una oscura noche de tormenta.
-H.