Miraba a través de la ventana con aire soñador.
Observaba cómo resbalaban las gotas de lluvia sobre la superficie del cristal, echando carreras unas con otras, empujadas por el viento y la gravedad. Observaba las estelas que estas pequeñas gotas dejaban a su paso, y las seguía con el dedo, pero sin poder tocarlas.
Quería saber lo que era sentir la humedad abrazándole el cuerpo, la lluvia cayéndole encima. Deseaba saber cómo olía el asfalto mojado, el aire mojado, la ciudad mojada.
Cada vez que llovía, se acercaba a la ventana y no se movía hasta que cesaba el temporal. Ardía en deseos de saltar en los charcos de las calles y de que el agua empapase su ropa y chorrease por su pelo.
Su corazón anhelaba todo aquello que posee cualquier niño sin ser consciente de ello. Cualquier niño a excepción de ella.
Ella no podía disfrutar de una tarde soleada en el parque, solo podía tumbarse en la alfombra en la franja de Sol que se colaba entre las cortinas y cerrar los ojos, imaginando que era hierba lo que se extendía bajo su espalda. Tampoco sabía lo que era tener un frío invernal, como para tener que llevar esos gorros de lana que tanto le gustaban, o envolverse entre bufandas.
Pero lo que más le dolía era ser espectadora de los días de lluvia. Esos días eran sus favoritos: el cielo tenía una luminosidad constante y mortecina que la embelesaba. Las nubes de un gris ceniza, lloraban infinitas lágrimas, no de tristeza, aseguraba ella, sino de alegría. Alegría porque el mundo seguía siendo mundo, porque los días se sucedían como siempre lo habían hecho, y porque veían lugares hermosos, arrastradas por el viento a lo ancho del globo. Lugares que ella solo podía intentar imaginar. También lloraría si llegase a presenciarlos, se decía. La naturaleza es bella en todas sus formas, y aquellas nubes habían visto más de la que nadie podría contemplar en una vida.
La rabia se apoderaba de ella en algunas ocasiones, ocasiones como aquella. Pero por vez primera, en sus ojos oscuros se incrustó una gran determinación, que guió sus pasos hasta la puerta de entrada.
Estiró la mano hacia el pomo, dubitativa. Sabía que si salía, no volvería jamás. Pero despejó cualquier atisbo de duda y abrió con firmeza.
La acera se le antojó dura bajo las plantas de sus pies desnudos, acostumbrada a los suelos enmoquetados, pero era una sensación agradable. Extraña, pero agradable. Y húmeda.
Saltó de charco en charco sin preocuparse del frío. Todo era tal y como ella había imaginado que sería.
Miró al cielo, agradeciendo el tacto de las gotas de lluvia en el rostro y, por fin, tuvo la oportunidad de ser una niña.
Desde lo alto, las enormes nubes ceniza apreciaron ese ansia de vivir, de conocer el mundo, de ver todo lo que este tenía que ofrecer. Sintieron todas las emociones de la niña con una intensidad más grande que ellas mismas.
Y bajaron a observarla, la rodearon y, en aras de concederle su deseo, la transformaron en minúsculas gotas de agua, en nube.
Y Nube viajó. Vio montes y montañas, bosques, praderas, desiertos, océanos, infinidad de ciudades...
Y lloró, y fue río, fue mar, fue lluvia, fue niebla, fue más nube.
Abarcó el mundo entero.
Abarcó el mundo entero.
H.-
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