jueves, 20 de febrero de 2014

solo el sol fue capaz de seguir sus pasos

Llevaba días caminando con los pies desnudos bajo el sol abrasador. A su alrededor se extendía un inmenso desierto que parecía no tener fin. Pero no tenía miedo, estaba hecha de fuego, ígnea toda ella. El padre astro no era capaz de quemarla con sus llamas y la arena candente no causaba más dolor que una caricia sobre su piel. Aquel desolado lugar era su hogar. Lo único que destacaba en ese árido paisaje eran sus ojos aguamarina, que escrutaban cada duna en busca de una señal. Algo que le indicara la dirección que tenía que tomar. Solo ella sabía leer las señales que el desierto le enviaba, solo ella podía apreciar las más leves variaciones que tan ínfimas, eran apenas imperceptibles, pero no para sus sentidos.
Estaba hecha para aquel lugar. Nadie sabe quién era ella, ni de dónde había salido. Las lenguas inquietas afirmaban que la muchacha siempre joven había sido moldeada con la propia arena del desierto, tan fina como el polvo y escurridiza como  el agua, y el mismísimo viento le había insuflado vida, marcándola con azules iris.
Pero realmente su origen será una incógnita.
Sus pasos eran firmes, certeros. Nunca dudaba, no titubeaba jamás, ni siquiera en aquel momento de espera. Continuó oteando y la señal apareció, como ella sabía que ocurriría. La confirmación de su instinto curvó sus agrietados labios en una sonrisa torcida, pagada de sí misma. Se encaminó con decisión y solo el Sol fue capaz de seguir sus pasos.

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