miércoles, 19 de febrero de 2014

el niño de las botas

Era fácil vivir como él. Su vida era sencilla y no estaba acosado por preocupaciones demasiado acuciantes o importantes, nada que le impidiese dormir de un tirón. Paseaba por las calles de la ciudad despreocupadamente, inmerso por completo en su mundo exento de todo aquello que pudiera hacerle daño. Le gustaba oír el sonido que sus botas producían al caminar, "toc, toc, toc, toc". Esas botas eran su símbolo, lo que lo diferenciaban de todos los demás. La gente no conocía su nombre, solo era el niño de las botas. Se sentía importante, orgulloso de llevarlas como estampa, su estandarte. Muchos lo saludaban, se paraban a hablar con él, incluso pasaban la tarde con él si se lo encontraban. 
El niño de las botas nunca pensaba en el mañana, el hoy era su prioridad. Con quien pasar el tiempo ese día. Nunca miraba más allá, todo era más fácil de esa manera. Sin nada que lo alterase demasiado, nada ni nadie. Disfrutaba mostrando sus botas a sus amigos cuando les sacaba brillo. 
Y sin darse cuenta, todo lo que él conocía terminó por girar en torno a las botas que llevaba anudadas a conciencia. Solo las botas, nada más. Pero no llegó a percatarse de ello, pues incluso él estaba hechizado con su encanto.
Un día, como otro cualquiera, caminaba con paso firme. "toc, toc, toc, toc". La noche anterior había llovido copiosamente, empapando cada surco de cada baldosa de la calle. El niño no prestaba atención, absorto de nuevo en la perfección de su vida modesta, y hundió el pie hasta el tobillo en un profundo charco. 
Volvió de las nubes sin dar crédito a lo que veía. Sacó el pie rápidamente, pero ya era tarde. Nada podía hacer por salvar la bota. Empapada perdía todo su lustre, toda su esencia. Estaba hecha un asco y era irrecuperable. Resignado prosiguió su camino y se percató de algo: en todo el trayecto nadie se había parado a saludarle. Absolutamente nadie. Le pareció extraño pero, como siempre, decidió no preocuparse y seguir caminando. Esta vez el sonido no era tan elegante. Con cada paso que daba se escuchaba el chapoteo del pie dentro de la encharcada y estropeada bota. 
Cuando llegó a su destino, ninguno de sus amigos se acercó a él como acostumbraban. Lo miraron con ojos desorbitados, paseando la mirada desde la bota hasta su rostro repetidas veces. 
Cuando parecieron asumir los hechos, todos y cada uno de ellos inventaron una excusa inverosímil y fueron desapareciendo de allí uno a uno, sin despedirse.
Los días de después no recibió ninguna llamada, nadie quería estar con él, nadie quería hablar con él. 
Siempre había sido el niño de las botas, nunca se había fabricado otro nombre, ni se había molestado en intentarlo, pues él era imposible de confundir con ningún otro. Pero en ese momento, cuando ya no tenía botas, se dio cuenta de que tampoco tenía nombre.
Y fue entonces cuando la vida le enseñó la primera y más valiosa de las lecciones: la fama es efímera, es la gente que te acompaña quien te hace duradero.



.H-


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