Vivía a base de historias.
Escuchaba atentamente los relatos de la gente que la rodeaba, se enriquecía conociendo pequeños detalles que hacían de las personas que más le importaban quienes eran. Vivía sus historias como si fueran las suyas propias, sentía su tristeza, su alegría, su pasión.
Escuchaba, siempre escuchaba, atenta a cada pormenor, envolviéndose de las emociones ajenas.
Ellos no lo sabían, pero sus gestos, un simple levantamiento de ceja, una pequeña sonrisa imperceptible, una mirada soñadora perdida en el pasado, hacía que ella los conociera mejor, poco a poco.
Vivía a base de historias que conformaban la suya propia, porque sabía que todas ellas eran parte de su propia existencia, unas más, otras menos. Pero esas palabras que se le confiaban no se las llevaba el viento, como dicen, sino que pasaban a formar parte de una persona, de ella misma.
Nadie que haya pasado por su vida y le haya contado una historia desaparecerá jamás, no hasta que no lo haga ella. Quedarán siempre anclados a su existencia, al recuerdo que tiene de ellos.
La muerte puede con la vida, pero no con los recuerdos, no con los fragmentos que ella guarda en su memoria. Pueden quedar reducidos a polvo, pero ella no dejará que se marchen, el legado de lo que un día fueron perdurará tanto como ella.
A pesar de no haber llevado una vida digna de contar, a pesar de no haber tenido tantas experiencias como le habría gustado, sabía que su existencia era plena por el mero hecho de que no estaba hecha de sus vivencias solamente, estaba hecha de pinceladas de emociones, de colores, retazos de la gente a la que quería, de gente por la que moriría una mil veces, y por ello era feliz. Por ello guardaba las palabras pronunciadas como el mayor de los tesoros, porque realmente lo eran. Pequeños tesoros que nadie más apreciaba, lo que los hacía aún más valiosos.
Ella era una historia, la historia de muchos.
.H-
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