miércoles, 26 de febrero de 2014

ella era una historia

Vivía a base de historias.
Escuchaba atentamente los relatos de la gente que la rodeaba, se enriquecía conociendo pequeños detalles que hacían de las personas que más le importaban quienes eran. Vivía sus historias como si fueran las suyas propias, sentía su tristeza, su alegría, su pasión.
Escuchaba, siempre escuchaba, atenta a cada pormenor, envolviéndose de las emociones ajenas. 
Ellos no lo sabían, pero sus gestos, un simple levantamiento de ceja, una pequeña sonrisa imperceptible, una mirada soñadora perdida en el pasado, hacía que ella los conociera mejor, poco a poco. 
Vivía a base de historias que conformaban la suya propia, porque sabía que todas ellas eran parte de su propia existencia, unas más, otras menos. Pero esas palabras que se le confiaban no se las llevaba el viento, como dicen, sino que pasaban a formar parte de una persona, de ella misma.
Nadie que haya pasado por su vida y le haya contado una historia desaparecerá jamás, no hasta que no lo haga ella. Quedarán siempre anclados a su existencia, al recuerdo que tiene de ellos. 
La muerte puede con la vida, pero no con los recuerdos, no con los fragmentos que ella guarda en su memoria. Pueden quedar reducidos a polvo, pero ella no dejará que se marchen, el legado de lo que un día fueron perdurará tanto como ella.
A pesar de no haber llevado una vida digna de contar, a pesar de no haber tenido tantas experiencias como le habría gustado, sabía que su existencia era plena por el mero hecho de que no estaba hecha de sus vivencias solamente, estaba hecha de pinceladas de emociones, de colores, retazos de la gente a la que quería, de gente por la que moriría una mil veces, y por ello era feliz. Por ello guardaba las palabras pronunciadas como el mayor de los tesoros, porque realmente lo eran. Pequeños tesoros que nadie más apreciaba, lo que los hacía aún más valiosos.
Ella era una historia, la historia de muchos.


.H-

jueves, 20 de febrero de 2014

solo el sol fue capaz de seguir sus pasos

Llevaba días caminando con los pies desnudos bajo el sol abrasador. A su alrededor se extendía un inmenso desierto que parecía no tener fin. Pero no tenía miedo, estaba hecha de fuego, ígnea toda ella. El padre astro no era capaz de quemarla con sus llamas y la arena candente no causaba más dolor que una caricia sobre su piel. Aquel desolado lugar era su hogar. Lo único que destacaba en ese árido paisaje eran sus ojos aguamarina, que escrutaban cada duna en busca de una señal. Algo que le indicara la dirección que tenía que tomar. Solo ella sabía leer las señales que el desierto le enviaba, solo ella podía apreciar las más leves variaciones que tan ínfimas, eran apenas imperceptibles, pero no para sus sentidos.
Estaba hecha para aquel lugar. Nadie sabe quién era ella, ni de dónde había salido. Las lenguas inquietas afirmaban que la muchacha siempre joven había sido moldeada con la propia arena del desierto, tan fina como el polvo y escurridiza como  el agua, y el mismísimo viento le había insuflado vida, marcándola con azules iris.
Pero realmente su origen será una incógnita.
Sus pasos eran firmes, certeros. Nunca dudaba, no titubeaba jamás, ni siquiera en aquel momento de espera. Continuó oteando y la señal apareció, como ella sabía que ocurriría. La confirmación de su instinto curvó sus agrietados labios en una sonrisa torcida, pagada de sí misma. Se encaminó con decisión y solo el Sol fue capaz de seguir sus pasos.

miércoles, 19 de febrero de 2014

el niño de las botas

Era fácil vivir como él. Su vida era sencilla y no estaba acosado por preocupaciones demasiado acuciantes o importantes, nada que le impidiese dormir de un tirón. Paseaba por las calles de la ciudad despreocupadamente, inmerso por completo en su mundo exento de todo aquello que pudiera hacerle daño. Le gustaba oír el sonido que sus botas producían al caminar, "toc, toc, toc, toc". Esas botas eran su símbolo, lo que lo diferenciaban de todos los demás. La gente no conocía su nombre, solo era el niño de las botas. Se sentía importante, orgulloso de llevarlas como estampa, su estandarte. Muchos lo saludaban, se paraban a hablar con él, incluso pasaban la tarde con él si se lo encontraban. 
El niño de las botas nunca pensaba en el mañana, el hoy era su prioridad. Con quien pasar el tiempo ese día. Nunca miraba más allá, todo era más fácil de esa manera. Sin nada que lo alterase demasiado, nada ni nadie. Disfrutaba mostrando sus botas a sus amigos cuando les sacaba brillo. 
Y sin darse cuenta, todo lo que él conocía terminó por girar en torno a las botas que llevaba anudadas a conciencia. Solo las botas, nada más. Pero no llegó a percatarse de ello, pues incluso él estaba hechizado con su encanto.
Un día, como otro cualquiera, caminaba con paso firme. "toc, toc, toc, toc". La noche anterior había llovido copiosamente, empapando cada surco de cada baldosa de la calle. El niño no prestaba atención, absorto de nuevo en la perfección de su vida modesta, y hundió el pie hasta el tobillo en un profundo charco. 
Volvió de las nubes sin dar crédito a lo que veía. Sacó el pie rápidamente, pero ya era tarde. Nada podía hacer por salvar la bota. Empapada perdía todo su lustre, toda su esencia. Estaba hecha un asco y era irrecuperable. Resignado prosiguió su camino y se percató de algo: en todo el trayecto nadie se había parado a saludarle. Absolutamente nadie. Le pareció extraño pero, como siempre, decidió no preocuparse y seguir caminando. Esta vez el sonido no era tan elegante. Con cada paso que daba se escuchaba el chapoteo del pie dentro de la encharcada y estropeada bota. 
Cuando llegó a su destino, ninguno de sus amigos se acercó a él como acostumbraban. Lo miraron con ojos desorbitados, paseando la mirada desde la bota hasta su rostro repetidas veces. 
Cuando parecieron asumir los hechos, todos y cada uno de ellos inventaron una excusa inverosímil y fueron desapareciendo de allí uno a uno, sin despedirse.
Los días de después no recibió ninguna llamada, nadie quería estar con él, nadie quería hablar con él. 
Siempre había sido el niño de las botas, nunca se había fabricado otro nombre, ni se había molestado en intentarlo, pues él era imposible de confundir con ningún otro. Pero en ese momento, cuando ya no tenía botas, se dio cuenta de que tampoco tenía nombre.
Y fue entonces cuando la vida le enseñó la primera y más valiosa de las lecciones: la fama es efímera, es la gente que te acompaña quien te hace duradero.



.H-