Su boca de dragón exhalaba el fuego del averno y sus afiladas garras, duras como el acero, se hendían en su espalda, anclándose a ella con fuerza para no dejarla marchar, dejándole marcas alargadas en la piel. Batía sus furiosas alas imponentes, volando cada vez más alto, alejándolos del mundo, envolviéndolos a ambos en un feroz abrazo.
La sensación de vértigo se apoderó de ella y sintió una fuerte opresión en el pecho que no le permitía más que jadear intermitentemente, sin apenas aire en los pulmones.
Aquella bestia que se había apoderado de ella irremediablemente era astuta como ninguna otra, vistiendo una piel de brillantes colores y porte cautivador. Cualquiera que lo mirase, ansiaría acariciarlo, maravillarse con su mera presencia.
Y eso le había sucedido. Se vio atrapada en la explosión de color en el lomo del animal cuando los rayos de sol impactaban contra su maciza piel, que los partía en infinidad de tonalidades imposibles. Se había acercado al dragón, lentamente, paso a paso, aguantando la respiración, incapaz de creer que realmente estuviera frente a algo tan dolorosamente hermoso.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, suavemente, con las llemas de los dedos, acarició las rugosas escamas, cerró los ojos y se deleitó en la cálida sensación que ese contacto le producía. La calidez le recorrió el brazo, el pecho, la espalda, hasta que la embargó por completo. Y entonces esa sensación cambió paulatinamente, hasta tornarse en un profundo miedo que se había asentado en sus entrañas. Y el dragón echó a volar con ella a cuestas como una insignificante muñeca de trapo viejo.
Ahora lo miraba fijamente a los ojos, pozos sin fondo de la turbidez más abrumadora que ella jamás hubiera visto. No reparó en sus ojos antes, cuando lo admiraba, sin embargo, en aquel momento era consciente de la oscuridad que albergaba la bestia en su interior, pues a través de sus pupilas pudo ver su verdadera esencia, sin el disfraz de colores relucientes.
Estaba perdida, sola en el aire, acompañada únicamente por aquel ser de ojos de oscuridad. No sabía si sobreviviría. No sabía si podría recuperarse de aquel horror, si es que alguna vez terminaba.
Lo que momentos antes precía lo más extraordinario sobre la faz de la Tierra, había resultado ser su perdición más absoluta.
Fue otra más, pobre ingenua, que cayó en las garras del engaño.
-H.
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