Se acabaron las sonrisas de amapola, las caricias de suspiros y los susurros de sirena.
Confidentes desconfiados, desconocidos, extraños.
Juega el viento con sus rizos, evocando amores y traiciones. Juega el viento con sus recuerdos, que un día fueron felices, que ahora solo son desgarradores.
Sus intentos por escapar de su presa son desesperados, pero vanos. No hay escapatoria, y lo sabe. Pero aún así intenta zafarse, hasta que el cansancio y la resignación se apoderan de su ser, y se abandona al sufrimiento.
Acepta la tortura que es el recuerdo, y tras largo rato su alma se desangra.
Y se termina.
El martirio, satisfecho, abandona su cuerpo.
Y entonces sabe que sus ojos no derramarían más lágrimas acusatorias, que está limpio de de dolor. Que podrá verse de nuevo en sus pupilas, envuelto en su perfume, pero ya no volverá a perderse en ellos.
-H.
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