sábado, 22 de diciembre de 2012

Ni mi último aliento

Cara a cara con la muerte, que me sonríe sarcásticamente, con el peligro implícito en cada ápice de su sonrisa envenenada. Sus ojos me fulminan, implacables, implacables cual destino es el mío. Sé que voy a morir. Lo siento en cada célula de mi cuerpo, que me gritan que salga de aquí, que eche a correr, si es que eso puede servir de algo. Tal vez sí, tal vez no. Nunca lo sabré. Porque no voy a marcharme. Si la muerte es el precio que he de pagar por intentar evitarlo, aunque solo sea intentarlo, estoy dispuesta. Lo único a lo que no estoy dispuesta es a vivir sabiendo que pude hacer algo y no lo hice. Viviría una tortura continua. Viviría estando muerta. Su vida dependía de mí, ahora mismo, en este momento.
La sangre me bombeaba en los oídos, impidiéndome oír nada más a mi alrededor. Tomé aire profundamente y tomé una decisión, una que en el fondo sabía que había tomado mucho antes de encontrarme en esta situación. Siempre iba a ser él, por encima de mi, de todo. Él.
No sé cómo, pero he conseguido llegar hasta donde está, demacrado, pero vivo. Tengo el tiempo suficiente para mirarle a los ojos por última vez antes de que la oscuridad se ciña sobre mí, llevándose todo el sufrimiento que había soportado en los últimos momentos de mi vida. Pero moría con la satisfacción de estar segura de que hice todo cuanto estuvo en mi mano, al tiempo que se me rompía el corazón al no haber conseguido que al menos uno de los dos escapase de aquella pesadilla.

-H.

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