Navidad, momento de ilusiones y deseos. Lo vivo todo como en un trance del que sé que no saldré hasta que todo acabe y la rutina vuelva a hacer acto de presencia, devolviéndome a la realidad. Todo tiene un brillo especial, reflejos luminosos de los espumillones de mil colores, que adornan todos los recónditos lugares, recordatorio de las fechas en las que estamos. Las luces que parpadean intermitentemente desde el árbol, que saludan alegremente, invitádome a entrar. Los fuegos artificiales que estallan en el oscuro cielo, a nuestra salud. El calor que desprende el crepitante fuego encendido en la chimenea, tiñéndolo todo de tonos anaranjados.
Oigo las risas de los que me rodean, mi familia, incluso es posible que participe de ellas, ya no lo sé. La burbuja en la que vivo me envuelve en un abrazo abrumador, que no me suelta hasta que se apodera de mí el sopor de la madrugada.
Es época de reencuentros, gente a la que hacía tiempo que no veías, y que pasará mucho más hasta que vuelvas a ver. Abrazos, sonrisas y halagos pasan a dominar las veladas, mientras fuera, el frío es helador y la nieve cubre el pavimento. Hace tiempo que me pregunto cuánto más durará esta sensación, que me permite ser consciente, pero solo a medias. Actuar como un títere es poco de lo que puedo hacer, y a veces es incluso mejor.
Saboreo las comidas típicas de estos momentos, la sopa que cada año nos prepara mi abuela, con jamón y huevo, el jugoso pavo con salsa de castañas, esa que mi madre hace tan bien, y el turrón de chocolate desaciéndose en mi boca.
Una vez cada año, todo esto ocurre, pasa y se va. Sin embargo, cuando ya solo quedo yo, me doy cuenta de que el episodio vivido no ha tenido ninguna relevancia y, por supuesto, ninguna trascendencia. Cuando acaba, nada ha cambiado, todo permanece exactamente igual que antes. Sigo echando de menos a los que se han ido y de nuevo mi rutina se hace dueña de mí. Y la rutina hace el hastío.
-H.

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