lunes, 12 de agosto de 2013

un instante de libertad

La luna llena brillaba alta en el oscuro firmamento salpicado de estrellas, iluminando aquella noche fresca como si aún fuese de día.
La joven se apoyó en la ancha barandilla de mármol blanco y en sus pupilas se reflejó la reina de la noche. Tomó una gran bocanada de aire que soltó en forma de suspiro soñador. Su mirada se perdía en la línea del horizonte, en la que se  recortaba la silueta de las montañas en la distancia. Jamás había traspasado las murallas del palacio, no conocía más allá de sus paredes decoradas con los más exquisitos relieves o cubiertas con los más caros tapices provenientes de lugares exóticos y lejanos que hubiera deseado contemplar. Su vida estaba llena de lujos y cada mañana las esclavas adornaban su cuerpo con vestidos de seda y piedras preciosas. Trenzaban su pelo con hebras de oro y flores.
Aquella preciosa muchacha era la envidia de cualquier mujer por su innata belleza, sus preciosos ojos oscuros y la delicadeza de sus facciones. Sin embargo, nadie la había visto sonreír. 
Caminaba errante por los pasillos, absorta en sus pensamientos, sumida en su propia desesperación. 
Los vestidos la ahogaban, las joyas le pesaban como losas y su ánimo se marchitaba cada día un poco más.
El único momento en el que sentía que podía respirar era aquel en el que todo el palacio dormía profundamente y ella salía a uno de los grandes balcones que dominaban la cara norte del edificio. Entonces oteaba en la lejanía y jugaba a imaginar qué maravillosas tierras se extenderían tras las cadenas montañosas que cercaban sus dominios. Cerraba los ojos y podía verse en terrenos exóticos completamente nuevos para ella, donde podía correr cuanto quisiera sin que nadie la detuviera. No tenía límites, no era de nadie mas que suya, y solo entonces una sonrisa se dibujaba en su rostro. 
La brisa se entrelazaba con sus cabellos que desprendían fragancias de rosas salvajes. Purificó los pulmones con ese aire, que nada tenía que ver con la viciada atmósfera de palacio.
El alba comenzaba a despuntar y el cielo se teñía de tonos rosados. De nuevo, una vez más, su retiro del mundo había tocado a su fin. Y cada día era más difícil volver a la realidad. 
Esta vez sería diferente, se dijo, esta vez sería suya, como tantas veces había fantaseado. Pero no sería un sueño, no. Sería real, muy real.
Con su ágil juventud se subió a la barandilla y extendió los brazos.
El viento a sabiendas de sus intenciones intentó detenerla, pero solo logró que su vestido añil se agitara como las olas del mar.
Miró abajo, donde quedaban, a tanta distancia, los hermosos jardines repletos de capullos en flor.
Y se arrojó al vacío. Sin que nadie pudiera evitarlo.
Ya era suya.
Horas más tarde su cuerpo fue hallado entre las flores, tan hermosa como siempre había sido. Parecía estar sumergida en un profundo sueño. 
Pero encontraron algo extraño en ella: estaba sonriendo. 
Y la sonrisa de la joven en aquel cuerpo sin vida fue lo más bonito que nadie había visto jamás.

-H.


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