La luna llena brillaba alta en el oscuro
firmamento salpicado de estrellas, iluminando aquella noche fresca como si aún
fuese de día.
La joven se apoyó en la ancha barandilla
de mármol blanco y en sus pupilas se reflejó la reina de la noche. Tomó una
gran bocanada de aire que soltó en forma de suspiro soñador. Su mirada se
perdía en la línea del horizonte, en la que se recortaba la silueta de
las montañas en la distancia. Jamás había traspasado las murallas del palacio,
no conocía más allá de sus paredes decoradas con los más exquisitos relieves o
cubiertas con los más caros tapices provenientes de lugares exóticos y lejanos
que hubiera deseado contemplar. Su vida estaba llena de lujos y cada mañana las
esclavas adornaban su cuerpo con vestidos de seda y piedras preciosas.
Trenzaban su pelo con hebras de oro y flores.
Aquella preciosa muchacha era la envidia
de cualquier mujer por su innata belleza, sus preciosos ojos oscuros y la
delicadeza de sus facciones. Sin embargo, nadie la había visto sonreír.
Caminaba errante por los pasillos, absorta
en sus pensamientos, sumida en su propia desesperación.
Los vestidos la ahogaban, las joyas le
pesaban como losas y su ánimo se marchitaba cada día un poco más.
El único momento en el que sentía que
podía respirar era aquel en el que todo el palacio dormía profundamente y ella
salía a uno de los grandes balcones que dominaban la cara norte del edificio.
Entonces oteaba en la lejanía y jugaba a imaginar qué maravillosas tierras se
extenderían tras las cadenas montañosas que cercaban sus dominios. Cerraba los
ojos y podía verse en terrenos exóticos completamente nuevos para ella, donde
podía correr cuanto quisiera sin que nadie la detuviera. No tenía límites, no
era de nadie mas que suya, y solo entonces una sonrisa se dibujaba en su
rostro.
La brisa se entrelazaba con sus cabellos
que desprendían fragancias de rosas salvajes. Purificó los pulmones con ese
aire, que nada tenía que ver con la viciada atmósfera de palacio.
El alba comenzaba a despuntar y el cielo
se teñía de tonos rosados. De nuevo, una vez más, su retiro del mundo había
tocado a su fin. Y cada día era más difícil volver a la realidad.
Esta vez sería diferente, se dijo, esta
vez sería suya, como tantas veces había fantaseado. Pero no sería un sueño, no.
Sería real, muy real.
Con su ágil juventud se subió a la
barandilla y extendió los brazos.
El viento a sabiendas de sus intenciones intentó
detenerla, pero solo logró que su vestido añil se agitara como las olas del
mar.
Miró abajo, donde quedaban, a tanta
distancia, los hermosos jardines repletos de capullos en flor.
Y se arrojó al vacío. Sin que nadie
pudiera evitarlo.
Ya era suya.
Horas más tarde su cuerpo fue hallado
entre las flores, tan hermosa como siempre había sido. Parecía estar sumergida
en un profundo sueño.
Pero encontraron algo extraño en ella:
estaba sonriendo.
Y la sonrisa de la joven en aquel cuerpo
sin vida fue lo más bonito que nadie había visto jamás.
-H.
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