¿Y qué si necesito sentir otra vez el calor del Sol sobre mi piel? ¿Y qué si necesito oír de nuevo el arrullo de las olas rompiendo en la orilla, pintando de blanca espuma mis mañanas? ¿Y qué si necesito que tus labios me vuelvan a besar, como siempre hacían? No es malo. No, no lo es, lo sé.
El dolor se lo ha llevado el viento salado, ya no nubla mi mente ni mis sentidos, ya no me hace pequeña en un mundo de gigantes. Ya solo queda el recuerdo de tus sonrisas y tus miradas de reojo cuando pensabas que yo no me daba cuenta. Ya solo queda tu imagen, apoyado en el balcón, con la mirada perdida en algún punto del inmenso mar, recortado contra el naranja del cielo en llamas, del crepúsculo. Ya solo queda tu olor, tu suavidad contra la mía, ya solo queda el recuerdo de nuestras risas mezclándose en sonoras carcajadas, acalladas por un beso imprevisto. Ya solo quedas tú.
Y sé que puedo volver, ahora lo sé, al que fue nuestro hogar. Al que, aunque pasen los siglos y se sucedan mil tormentas, seguirá siendo nuestro hogar.
Ya no tengo miedo de la soledad, porque no estoy sola, porque de algún modo estás conmigo, y por eso, cada noche me apoyo en el mismo balcón en el que tu lo hacías, y nos sirvo una copa de vino a cada uno. Y miro el mar, tal como tú lo hacías antes de dejarnos, encontrando la paz que antes no entendía, la paz que tú necesitabas y que ahora yo necesito. Apuro mi copa y miro cómo la tuya sigue llena, como cada noche. Sonrío, porque siento tu risa en mi nuca y tus brazos a mi alrededor. "¿Por qué sigues poniéndome una copa cada noche si sabes que no puedo beberla contigo?" me imagino que me susurras al oído.
- Porque esto me impide olvidar que siempre estás conmigo. Porque te quiero.
H-
No hay comentarios:
Publicar un comentario