La impotencia me consume. Lo veo y sé que no puedo hacer nada para evitarlo.
Está ahí, es real, muy real, pero solo tú puedes luchar contra la bestia, que te araña, que te marca la piel. Indiferente ante la dulce sangre que brota de tus heridas, sigue. Sigue porque no puede parar, porque no quiere hacerlo. Tu invisible tortura, también la mía.
Temes a la soledad, momento en que el filo de sus despiadados ojos brilla de nuevo y se abalanza sobre ti, te domina, y no te suelta hasta que las punzadas de dolor alivian por unos instantes tu profunda oscuridad., oscuridad que tus ojos reflejan pero nadie adivina. Nadie lo ve, nadie lo sabe. Porque es difícil de creer. Ojalá no fuera cierto, pero cerrar los ojos no va a hacer que se desvanezca y sin embargo, mantenerlos abiertos duele, me oprime el pecho hasta dejarme sin respiración.
Es muy grande, mucho más que yo, insignificante. Y lo escondes, te escondes detrás de falsas sonrisas entre calada y calada, odiando cada segundo que pasa, porque sabes que tendrás que volver a estar solo. Tarde o temprano volverás a estar solo y la sangre y las lágrimas se mezclarán de nuevo como tantas otras veces.
Y me mata.
No hay comentarios:
Publicar un comentario