A veces sueño. Sueño que abro los ojos lentamente con las primeras luces de la mañana. Sueño que los tonos anaranjados de los tímidos rayos del amanecer tiñen todo a su paso del color de la tranquilidad de espíritu. Que salgo de entre el amasijo que es el saco de dormir y siento el tibio abrazo de la brisa aferrándose a mi cuerpo, apartando el pelo de mis ojos. Ojos que tienen ante sí la más maravillosa de las vistas. Un lugar puro, sin las huellas que el ser humano deja a su paso, virgen.
Un lugar difícil de describir, pero que despierta sentimientos profundos en mí para los que no hallo palabras.
Las escarpadas montañas se recortan contra el cielo, cortantes, imponentes, majestuosas. Los restos de nieve, vestigios de inviernos pasados, reflejan la luz del Sol con desgana, sabiéndose en sus últimos instantes antes de alimentar los ríos.
Me pierdo en los mil tonos de verde que llegan hasta donde la vista alcanza, y el olor a libertad me embriaga.
Sueño con un paraje de ensueño, sueño con mis pies descalzos enredándose en los pastos, sueño con la soledad en este rincón de paz, mi santuario, mío y de los pájaros que lo sobrevuelan. Me gustaría ser uno de ellos, poder verlo todo desde las alturas.
Sueño que me siento plenamente feliz aquí.
Sueño... y cuando me despierto dejo de soñar.
Un vacío se apodera de mi corazón las veces que despierto de este sueño. ¿Existirá este lugar?
Sé que sí, pero no sé si es real. Es parte de mí. Mi mundo interno, mi refugio, mi hogar. Es mi yo más profundo, el que no está profanado con las frivolidades de la vida cotidiana. Un lugar al que sólo se accede si tienes la mente en blanco, mi Nirvana.
Mi sueño, mi secreto.
H.-
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