Se
despertó de madrugada, como le ocurría últimamente. La ansiedad no le dejaba
dormir bien y cuando se despertaba no tenía más remedio que ponerse los
vaqueros del día anterior y salir a la calle a pasear.
Se
encendió un cigarrillo y expulsó el humo de sus pulmones mientras el frío de la
noche despejaba su mente.
Aquellos
momentos en los que las calles estaban desiertas y todo cerrado, eran los que
empleaba en pensar. No en pensar en su día a día, como haría cualquier persona,
especialmente una persona de su condición. La gente desgraciada, por lo
general, suele regodearse en su miseria. Pero él no.
Sus
lentas y rítmicas zancadas lo llevaron al mismo banco que las pasadas noches,
lugar que ya se había convertido en su santuario, en su Meca.
Y
allí, mientras su mirada se fijaba en la oscura silueta de los árboles, dejó a
sus pensamientos vagar libremente, empezando por la sonrisa de una desconocida
mujer con la que se había cruzado horas atrás en la calle, después se acordó de
la breve llamada telefónica que le había hecho su hermana, su único familiar,
que tanto le alegraba los días, la inocencia de una pequeña niña rubia que
jugaba en el parque a la hora de comer…
Inevitablemente
su mente se mantenía ocupada rememorando los efímeros momentos en los que la
felicidad lo encontraba. Hacía tiempo que había descubierto que pensar en las
cosas malas que le ocurrían, no hacía más que aumentar su desdicha. Sin
embargo, una noche de verano, cuando la fresca brisa nocturna revolvía
suavemente sus cabellos, se dio cuenta de podía encontrar la paz, aunque solo
fuera durante unos instantes, si cerraba los ojos y revivía los pequeños
instantes de alegría. De esta forma se evadía de sus problemas y de su
mejorable situación.
De
esta forma, un hombre con más problemas de los que la mayoría de nosotros
podemos contar, conseguía ser cada día más feliz que muchos.
-H.
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